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Las penitencias en la era digital


¿Cómo poner límites a nuestros hijos? ¿Cómo debería ser un régimen de premios y castigos, parecido al sistema que rige en el mundo de los adultos? Golpear, nunca; penitencias, sí. Pero que los niños recuerden el motivo de esa obligación impuesta por los padres, no poner una pena por cualquier razón. Hablar siempre con ellos para que entiendan que esa prohibición es por algo en particular. Y medir, con sentido común, el volumen del castigo.

Me acuerdo como si fuera ayer de una penitencia que recibimos con mi hermano. Mi padre justo había pasado por la puerta de nuestro cuarto cuando uno de nosotros le había proferido al otro un sonoro “hijo de p…”. Claro, en aquella época, esas tres palabras eran muy serias, muy diferentes de hoy, que casi tienen un carácter cariñoso entre amigos. Pues el castigo no se hizo esperar: ese domingo no veríamos nuestro programa favorito. Recordemos que eran los años de la televisión en blanco y negro, sin Internet ni grabadoras de video y menos que menos Netflix o YouTube. Lo que se perdía, era para siempre. Pese a la intercesión de mi abuela, santa mujer si las hubo, mi padre dejó el castigo. Aprendimos.

Hace décadas, las penas efectivas consistían mayormente en no salir a jugar a la pelota en la vereda; hoy, en no entrar para conectarse a la PlayStation y jugar en red. Los tiempos mutan. El fondo es el mismo. ¿Y qué pasa con la PC, la tablet o el smartphone? Con cualquiera de estos dispositivos los niños y jóvenes realizan también las tareas escolares, como podría ser imprimir un trabajo pedido por los docentes o buscar información. Lo ideal sería que las computadoras estén en un lugar común de la casa, de este modo podemos verificar que se esté frente a la pantalla por una razón escolar y no para entablar una ruda partida de Civilization o de Tomb Raider. Algo similar deberíamos hacer con los móviles: que los usen, pero confirmemos que será con fines educativos.

Cuando apliquemos un límite a los hijos, los padres tenemos que ser coherentes. Haber previsto que los chicos pueden no portarse bien y que requerirán una corrección. Seamos solidarios entre los mayores y no decir eso de que “ya vas a ver cuando venga tu padre”. Lo único que se conseguirá con esto es convertirnos en los malos de la película.

Tampoco nos ablandemos ante una carita lacrimosa que nos hará acordar a la de un gatito abandonado bajo la lluvia. Si fijamos una penitencia, mantengámonos firmes y no nos echemos atrás. Si hiciéramos esto último, los chicos entenderán que todo vale, ya que no habrá premios ni castigos.

Siempre contemos hasta diez, aunque los chicos hayan intentado incendiar la cocina o metido al perro dentro del lavarropas. Sí, sé que es difícil no resolver estas cuestiones en el momento y que a veces nos darán ganas de mandar a las galeras a nuestros herederos. Pero de una penitencia incorrecta no solo se acordarán los hijos. También los padres.

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